03 febrero, 2011

Eran las 11 de la noche...

En las calles ya se sentía el frío invernal que asolaba la ciudad sin dejar una sola esquina libre de él. Ésta no era una noche cualquiera, esta era la noche que culminaba el fin de un día perfecto. Uno de esos que quedan grabados en tus retinas y en cuyos recuerdos te ves sumergido día sí, día también en un amplio periodo de tiempo. Saliendo del local, el paisaje que se vislumbraba era la típica escena de película de serie B: una larga calla oscura, con la carretera a medio asfaltar, sin un alma transitándola... por ese lugar rondaba un silencio sobrecogedor que era cuanto menos espeluznante.

Había pasado muchas veces por esa tétrica calle de noche, pero ese día era más macabra de lo normal, era como si la muerte estuviera en cada rincón. Por ello, se apresuró a llegar a la parada del autobús, una parada bastante sucia. Parecía tener algunas décadas de más, y por las macas de golpes y restos de minicristales rotos se podía intuir que había sido testigo de muchos acontecimientos poco agradables. Todo esto visible gracias a una farola que posiblemente fuera de la misma época de la parada de autobús, a la que alumbraba con una tenue luz intermitente, como si estuviera a punto de fundírsele la bombilla

De pronto, de la nada salió una extraña figura que cubierta por un sombrero que ayudado por la densa oscuridad reinante en la calle, era imposible saber si quiere si se trataba de hombre o mujer. Parecía apresurado, aunque a la vez calmado, sin mostrar intención de echarse a correr. Cuando se percató de la misteriosa silueta, ésta atravesaba el único paso de peatones alumbrado aquella tenue noche, con el mismo semblante mencionado anteriormente. No podía apartarle la mirada de encima, cuando vio que del bolsillo de la chaqueta se había desprendido una objeto rectangular, del tamaño de una cartera. El individuo pareció no percatarse de ello, por lo que el joven abandonó su parada de autobús y corriendo se dispuso a atravesar el luminoso paso de peatones para entregársela. Justo cuando alcanzó a recoger el objeto perdido sobre él se vino una luz cegadora que le obligó a taparse los ojos.

Lo siguiente que pudo visualizar fue que se hallaba tumbado en el suelo a unos metros de donde se hallaba el momento anterior. La tétrica calle ahora estaba llena de gente. Frente a él se encontraba la línea de autobús por la que llevaba esperando 20 minutos, y a su derecha puso ver un automóvil blanco de un tamaño más grande que un turismo. Tenía letras en un lateral pero el aturdimiento le impidió entenderlas. Dos hombres vestidos de blanco bajaron de del automóvil y se dirigieron hacia él y le dedicaron frases de calma. Él no sabía lo que estaba pasando, cuando de repente vio que la gente alrededor gritaba y lloraba, y a uno de los dos hombres de blanco se le deslizaba una lágrima por  la mejilla. En ese momento reaccionó y sintió un dolor intenso en el pecho. Más agudo que cualquiera que hubiera sentido nunca. Intentaba retorcerse de dolor, aunque sus músculos no obedecían la orden. Empezó a ver como su camisa se tornaba de un color rojo carmín, acto seguido el dolor comenzó a empeorar. No podía ver nada. La gente lloraba, y él sólo quería... desaparecer...



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